miércoles, 15 de febrero de 2017

Par al sesgo

            Doblar bien ceñido el cabo,
siempre barlovento, es
duro, como para el bravo
que lleve el viento en los pies.

Calcula y corta el berrendo,
siempre el rumbo corrigiendo.

Sesga el piloto y ataja,
vuela, devorando millas,
cuadra. Y con dos banderillas
la astucia a la astucia ultraja.


                                                                  Gerardo Diego

domingo, 5 de febrero de 2017

El farol

           ¿Quién sabe por qué el farol
brota en la cima del vuelo,
por qué se enciende ese sol
de locura y cerebelo?

Gira el torero a la inversa
de sus brazos: gloria tersa
de una seda de amapola.

Que sea lo que Dios diga,
y el huracán por la espiga.
Flor de la furia española.


                                                                  Gerardo Diego

miércoles, 25 de enero de 2017

Playa de toros

            Suena el clarín alegre del levante
y el gran coso del mar viste su gala;
por el testuz del arenal resbala
pesadamente el viento caminante.

De oro y de grana el sol, quieto y danzante,
quiebra su par de fuego por la cala
y el agua azul se peina y se acicala
presa en la airosa gracia del desplante.

El toro de la tarde, embravecido,
por el estoque de la noche herido,
brinca entre bruma, brama, embiste, estalla.

La daga hiriente del primer lucero
-daga de luz, lucero puntillero-
le golpea mortal sobre la playa.


                                                                   Manuel García-Viñó

domingo, 15 de enero de 2017

La suerte de matar

            Ya culminó la danza de la muerte.
Dos cuerpos juntos arden en el mismo
cáliz. ¿Cuál de los dos caerá al abismo
del firmamento en la postrera suerte?

Ya los astros están conminatorios
y el humo espiran de su libamiento.
Sorbe de la alta copa un dios sediento
el légamo que escancian los ciborios.

Ebrios de gloria el toro y el torero
en la hecatombe zanjan la pelea.
El pulso hirviente estalla en el acero

y al meteoro incendia los topacios.
Una lava carnívora babea
el bufido que aterra los espacios.


                                                                  Rafael Gómez de Tudanca

jueves, 5 de enero de 2017

Chiquillos

           Chiquillos de mi calle
jugando al toro,
con plazas luminosas
hechas en corros,
corros de fantasías
de carne nueva,
corros de nueva sangre,
sangre torera.

Las plazas con faroles
son luminarias,
que alumbran las faenas
tan temerarias
de los chiquillos,
con sus baberos.
Pañuelos y tirantes
hechos toreros.

Muletillas de trapo
sin banderillas,
brindis a los balcones,
¡a sus chiquillas!
Pelirrojas coletas,
pecosas frentes,
golfillos ojos listos,
caras valientes.

Viejo mantel de mesa
hecho capote,
el rabo de una escoba,
el buen estoque.
Morrillos de madera
cuernos pelados,
anchos, viejos, con punta,
encampanados.

Que viene el toro, gritan,
que viene el toro;
es una bicicleta
con astas de oro.
Y el pedal, las espuelas;
el faro hocico,
y en medio el más valiente,
el más bonico.

Viva el torero, gritan,
viva el torero,
el flequillo es montera,
el palo, acero,
y un caramelo viene
desde una orilla,
el clavel más hermoso
de una chiquilla.

Las manolas se limpian
sus dos ojillos,
no saben qué les pasa,
son sus chiquillos,
los vecinos del barrio
que juegan a eso,
y se rifan la oreja;
va a ser un beso.

El primero que brindan
viendo a un valiente
(caracolas de angustia
algunas sienten).
Y entre rejas relucen
sus pecas de oro.
Y no ven bicicleta,
sólo ven toro.

Toros en las esquinas
blancas que brillan,
y la muerte en el trapo,
las bocas chillan,
gritan a sus toreros,
a sus vecinos,
y las manos en palmas
se hacen racimos.

A hombros van los valientes,
torero y otro,
es un juego de muerte,
un juego todo.
Juegos de los chiquillos
que hay en mi calle,
que quieren ser toreros
desde que nacen.


                                                                  Ismael Belmonte