martes, 25 de abril de 2017

CITACIÓN – fatal (Elegía a Ignacio Sánchez Mejías)

            Se citaron los dos para en la plaza
tal día, y a tal hora, y en tal suerte:
una vida de muerte
y una muerte de raza.

Dentro del ruedo, un sol que daba pena,
se hacía más redondo y amarillo
en la inquietud inmóvil de la arena
con Dios alrededor, perfecto anillo.

Fuera, arriba, en el palco y en la grada,
deseos con mantillas.

Salió la muerte astada,
palco de banderillas.

(Había hecho antes,
a lo sutil, lo primoroso y fino,
el clarín sus galleos más brillantes,
verdadera y fatalmente divino.)

Vino la muerte del chiquero: vino
de la valla, de Dios, hasta su encuentro
la vida entre la luz, su indumentaria;
y las dos se pararon en el centro,
ante la una mortal, la otra estatuaria.

Comenzó el juego, expuesto
por una y otra parte...
la vida se libraba, ¡con qué gesto!,
de morir, ¡con qué arte!

Pero una vez -había de ser una-,
es copada la vida por la muerte,
y se desafortuna
la burla, y en tragedia se convierte

***

Morir es una suerte
como vivir: ¡de qué!, ¡de qué manera!
supiste ejecutarla y el berrendo.

Tu muerte fue vivida a la torera,
lo mismo que tu vida fue muriendo.

No: a ti no te distrajo,
el tendido vicioso e iracundo,
el difícil trabajo
de ir a Dios por la muerte y por el mundo.

Tu atención sólo han sido toro y ruedo,
tu vocación el cuerno fulminante.

Con el valor sublime de tu miedo,
el valor más gigante,
la esperabas de mármol elegante.

Te dedicaste al hueso más avieso,
que te ha dejado a ti en el puro hueso,
y eres el colmo ya de la finura.

Mas ¿qué importa? que acabes... ¿No acabamos?
todos, aquí, criatura,
allí en el sitio donde Todo empieza.

Total, total, ¡total!: di: ¿no tocamos?
a muerte, a infierno, a gloria por cabeza.

Quisiera yo, Mejías,
a quien el hueso y cuerno
ha hecho estatua, callado, paz, eterno,
esperar y mirar, cual tú solías,
a la muerte: ¡de cara!,
con un valor que era un temor interno
de que no te matara.

Quisiera el desgobierno
de la carne, vidriera delicada,
la manifestación del hueso fuerte.

Estoy queriendo, y temo la cornada
de tu momento, muerte.

Espero, a pie parado,
el ser, cuando Dios quiera, despenado,
con la vida de miedo medio muerta.

Que en ese ‘cuando’, amigo,
alguien diga por mí lo que yo digo
por ti con voz serena que aparento:

San Pedro, ¡abre! la puerta:
abre los brazos, Dios, y ¡dale! asiento.


                                                                  Miguel Hernández

sábado, 15 de abril de 2017

Último tercio (Sexto toro)

            De rosa y oro, el espada
quiebra su cuerpo de junco.
Embiste el toro, mugiendo,
y esquiva el torero el bulto.
En los alamares de oro
hay pelo zaíno, hirsuto.
Torero casi libélula,
toro casi abejaruco.

La charanga aplaude en música
de metal agrio y agudo.
El toro sigue embistiendo,
buscando, buscando el bulto
que, en rosa y oro, el espada
quiebra, frágil, como un junco,
ya de rodillas, tranquilo,
cogiendo un pitón al bruto,
o acariciando el testuz
ensortijado e hirsuto.

Certero, clavó el estoque,
se mojó de sangre el puño,
y el lucero de la tarde,
que abre el carrusel nocturno,
con un santoral taurino
contempla extasiado el triunfo.


                                                       Adriano del Valle

miércoles, 5 de abril de 2017

Tu pura transparencia

            Ese Dios es el eco que te habla
en silencio, arropado en el capote;
ese dios es la luz que buscas siempre
en medio de la Plaza: Tu triunfo…

Esde dios es la llama luminosa
que tu cuerpo recubre en verde y oro;
ese de dios es el libre y fuerte instinto
que no se nombra nunca en la corrida…

Ese dios que no ves y que te mira,
burla burlando al toro de la muerte,
que lo acercas a ti con tu muleta.

Ese dios está en ti, en tu apostura,
en tu arte, en tu ser, en tu mirada:
Ese dios es tu pura transparencia…


                                                                   Daniel Pineda Novo

sábado, 25 de marzo de 2017

Seis verónicas de Antonio Ordóñez

            El toro vino embistiendo noche
y Antonio lo esperó árbol al aire.
Se movieron sus ramas lentamente.
Inclináronse cuernos en la cuna,

en el ruido de ola del percal.
Un brazo hizo camino -sombra y luz-
por el que el toro fue más que embebido
ciego por entre brisas y terrales.

Pedro Antonio de nuevo le ordenaba
que el mugir repitiese su carrera
bien firmes las columnas de la sangre
terso el compás del temple por las manos.

Desde su orilla el hombre estaba viendo
una vez y otra vez quebrarse espumas
contra la soledad de arena toda.

Cada lance alargaba su sorpresa.
Seis tiempos en relojes de sol fuerte.
Y un amén arropando las verónicas.


                                                                    Luis Jiménez Martos

miércoles, 15 de marzo de 2017

El torero Paco Camino en la plaza de El Espinar

            En este breve ruedo hay un camino
para librar la suerte a la memoria
y para andar del toro hasta la gloria,
a la luz del lucero vespertino.

Madura la sonrisa ya, y divino
el son de la muñeca transitoria,
Camino va contándonos su historia
ante un toro veleto y astifino:

la soleá que entona un ángel triste,
el canto de la fuente en la enramada
y el olor de arrayán con que se viste.

Un golpe de clarín da la estocada.
Y abriéndose en el duende que le asiste
cae Sevilla, en sus manos derramada.


                                                                  Mel Rodríguez Martín